El chileno dueño de la Luna

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Es increíble pensar que frente al acto tan común de mirar la Luna por la noche, un chileno tuviera la ocurrencia de registrarla a su nombre y hacerse dueño de nuestro satélite natural. ¿Quién fue y cómo lo logró? Por si no la conoces, aquí te presentamos esta historia que, aunque parezca mito urbano, es impresionantemente cierta.

El protagonista de esta historia es Jenaro Gajardo Vera, quien fue abogado, pintor y poeta. Nació en Traiguén (provincia de Malleco) en 1919 y a principios de 1951 se radicó en Talca para ejercer su profesión de abogado. Fue en esa cuidad donde creó la llamada Sociedad Telescópica Interplanetaria, que tenía dentro de sus fines el “formar un comité de recepción a los primeros visitantes extraterrestres que llegaran a la Tierra”.

En Talca también existía El Club Social de Talca, donde desde sus inicios habían pertenecido sólo miembros de la aristocracia talquina y al que don Jenaro se empecinó por ingresar. En su primer intento lo rechazaron, ya que no acreditaba ningún bien raíz. Muy enojado luego de esta situación, Gajardo se fue caminando hasta la Plaza de Armas de Talca (tal como recuerda en sus memorias), pensando en la  lamentable importancia que El Club le daba a los bienes materiales. En ese momento miró al cielo y notó la Luna, que brillaba en todo su esplendor y decidió inscribirla como su propiedad. Fue así como el 25 de septiembre de 1954, sin dudarlo, fue a la Notaría de César Jiménez Fuenzalida y le pidió dejar constancia de que “Jenaro Gajardo Vera se declaraba dueño de la Luna”, solicitándole al notario dejar por sentado que la Luna era suya desde 1857, una fórmula muy común usada para sanear terrenos sin dueño.

El notario leyó sorprendido la petición, pero como la Luna tenía medidas y límites específicos, accedió a inscribirla, advirtiéndole eso sí que “La inscripción cumple con los requisitos: es un bien cierto, pertenece a la Tierra, tiene deslindes y dimensiones, pero te van a tildar de loco”. Obviamente, a donde Jenaro esto no le importó en lo más mínimo y se sintió feliz de su astucia.

La escritura en cuestión dice:

“Jenaro Gajardo Vera, abogado, es dueño, desde antes del año 1857, uniendo su posesión a la de sus antecesores, del astro, satélite único de la Tierra, de un diámetro de 3.475 kilómetros, denominada Luna, y cuyos deslindes por ser esferoidal son: Norte, Sur, Oriente y Poniente, espacio sideral. Fija su domicilio en calle 1 Oriente 1270 y su estado civil es soltero.

Jenaro Gajardo Vera

Carné 1.487.45-K Ñuñoa

Talca, 25 de Septiembre de 1954.

Escritura Legalizada”

Fueron $42.000 pesos chilenos los que tuvo que gastar Jenaro Gajardo, entre la escritura y las dos publicaciones en el Diario Oficial, para poder adquirir la Luna oficialmente. Como es de esperar, esto hizo posible su ingreso en El Club Social de Talca.

Pero para Jenaro Gajardo el objetivo de adquirir la Luna no era únicamente para poder formar parte del Club Social de Talca, sino que también para “realizar un acto poético de protesta interviniendo en la selección de los posibles habitantes del satélite”, ya que dentro sus planes estaba el poder vivir en un mundo sin envidia, odio, vicios ni violencia.

Gajardo también tramitó la revalidación de su propiedad en Washington D.C a través del abogado Enrique Monti Forno y se dice que en mayo de 1969, antes del alunizaje de la misión espacial Apolo 11, el presidente estadounidense Richard Nixon le habría hecho llegar a Jenaro, a través de un representante de la embajada de Estados Unidos en Santiago, un comunicado que decía:

“Solicito en nombre del pueblo de los Estados Unidos autorización para el descenso de los astronautas Aldrin, Collins y Armstrong en el satélite lunar que le pertenece”.

Nixon se habría visto en la obligación de pedirle permiso, a pesar de que en 1967 la ONU sólo reconocía propiedad privada hasta los 80 km de altura, pero como Gajardo había inscrito la Luna en 1954, EE.UU no podía hacer nada al respecto.

La respuesta de don Jenaro habría sido la siguiente:

“En nombre de Jefferson, de Washington y del gran poeta Walt Whitman, autorizo el descenso de Aldrin, Collins y Armstrong en el satélite lunar que me pertenece, y lo que más me interesa no es sólo un feliz descenso de los astronautas, de esos valientes, sino también un feliz regreso a su patria”.

Uno de los datos más graciosos de la historia, es que como en ese entonces ya era de mundial conocimiento que la Luna pertenecía a Jenaro Gajardo, el Servicio de Impuestos Internos de Chile le envío un par de inspectores para cobrarle las respectivas contribuciones. Pero tan astuto como siempre, don Jenaro les dijo que “No tengo ningún problema en reconocer la deuda, pero exijo que, en conformidad a la ley, Impuestos Internos visite mi propiedad y la tase. Después hablamos”. Claramente, SII no insistió más.

Fiel a sus objetivos y a su esencia soñadora, Jenaro Gajardo nunca sacó provecho monetario de su propiedad. Falleció en 1998 y en su testamento, solemnizado en la notaría de Ramón Galecio en Santiago, dejó señalado que “Dejo a mi pueblo la Luna, llena de amor por sus penas”.

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