Cómo se forman las Auroras Polares

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Las famosas auroras polares se deben a tres fenómenos: el viento solar, su interacción con las capas altas de la atmósfera y el campo magnético terrestre.

El viento solar es un flujo de partículas (protones, electrones y otros elementos más pesados) que escapan del Sol y llegan hasta la Tierra. Estas partículas, cuando colisionan con los átomos de los gases de los estratos más altos de la atmósfera -como el oxígeno y el nitrógeno- provocan su ionización. Y estos iones recién formados emiten distintas longitudes de onda, principalmente azulada y verde, los colores más característicos de las auroras.

El oxígeno es responsable de los dos colores primarios de las auroras. El verde/amarillo se produce a una longitud de onda energética de 557,7 nm, mientras que el color más rojo y morado lo produce una longitud menos frecuente en estos fenómenos, a 630,0 nm.

Las auroras se dan principalmente alrededor de los polos, porque el campo magnético terrestre desvía la trayectoria del viento solar hacia los polos. Así, en el norte se les llama Auroras Boreales y en el sur se les denomina Auroras Australes.

Las auroras tienen formas, estructuras y colores muy diversos que, además, cambian rápidamente con el tiempo. Durante una noche, la aurora puede comenzar como un arco aislado muy alargado que se va extendiendo en el horizonte, generalmente en dirección este-oeste. Cerca de la medianoche el arco puede comenzar a incrementar su brillo, pueden formarse ondas o rizos a lo largo del arco y también estructuras verticales que se parecen a rayos de luz muy alargados y delgados. De pronto la totalidad del cielo puede llenarse de bandas, espirales, y rayos de luz que tiemblan y se mueven rápidamente por el horizonte. Su actividad puede durar desde unos pocos minutos hasta horas. Cuando se aproxima el alba todo el proceso parece calmarse y tan solo algunas pequeñas zonas del cielo aparecen brillantes hasta que llega la mañana.

 

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